17 de julio de 2016

Compás

Viéndome a los ojos que yo escondía.
Desamarrándome letras de las manos.
Rompió el silencio. Su risa.

Fue su risa
la manera de buscarme los ojos
y sus manos.

Vuelto a la vida.
Creí.
Cesé la huida.
Callé.
Me abrí en canal.
No había más que hacer
por su mirada.
Vuelta navaja fue mi voz:
diseccionado,
descubierto.
Entonces bailó conmigo,
cadáver tieso.

22 de diciembre de 2015

Apuntes de viaje

Unos días atrás fui a por un libro que habría de regalar a mi ahora ahijado (un adolescente al que le gusta la literatura clásica, no cualquiera) y salí con su libro y otros tres para mi y el deseo de volver a por otros tantos. Hoy pensé en acomodarlos en mi librera, a la que ya casi no le cabe nada, pero desistí del intento. Sin embargo, me encontré con algunos cuadernos de cuando estaba en la universidad, y fue bonito volver a ver mis apuntes de entonces, e incluso, encontrar algunos papelitos que nos enviábamos entonces (en aquellos días en que no existía whatsapp)

Una foto publicada por Víctor Castro (@animaldecueva) el

Al tiempo que vi mis viejos cuadernos, releía textos que pasaron a ser post acá y en Alta Hora. Fue lindo releer lo escrito y notar que ahora hay cosas que me gustan más que cuando las escribí, cuando eran más un desahogo, un intento de poner ese infierno de ideas a unos centímetros de mi cabeza. Alguna vez pensé que muchas de esas entradas serían una suerte de mapa, un know how para quien habría de llegar a mi vida. No sé qué tanto lo ha sido, aunque tengo la certeza que ella ha leído muchas entradas.

Unos días atrás un amigo me dió a leer algo que está escribiendo (honor enorme para mi) y, entre la admiración por el ejercicio hecho y la identificación con algunos de sus motivos, le comentaba que al final es cierto que uno escribe, de cualquier modo, para sí mismo. Es así, al menos cuando uno se intenta acercar a las formas literarias. Releo mis blogs, mis cuadernos y veo ahí los apuntes de este viaje tremendo que es la vida.

Cierto, en cada entrada, en cada post hay jirones de piel, de corazón y entrañas. Hay un mapa de mí mismo, de mis dolores, dudas y alegrías, de mis historias y, más que nada: personas. En muchas entradas hay personas, gentes cuyo paso por mi vida me ha marcado, a veces quedó escrito de forma explícita y otras encubiertas en mi habitual verborrea.

Es hermoso poder volver a esto, y creer que puede ser que un día, más allá de mi recuerdo, alguien puede volver a escucharme hablar demasiado en estos apuntes del viaje.

Con todo y eso, sé que esto suele ser un enlace más en los muros y timelines. Y es poca la gente que va guardando en alguna manera lo que le va gustando, lo que ha sido importante. Los mismos servicios que usamos para agregar contenido nos van imponiendo la ley de lo más nuevo y escasamente da chance a volver a lo viejo (relativamente, porque esos servicios abarcarán a lo mucho la última década de nuestras historias)

Con esto digo que pese a haber crecido desde mi adolescencia cerca de internet, no termino de acostumbrarme al cómo nos va construyendo como seres de instante, incapaces de atesorar más allá de unos días los gestos del día a día. Pese a que tenemos los medios para almacenar más recuerdos o constancias de cosas que recordar, parece que hemos perdido la capacidad de volver sobre nuestros pasos. Todo es presente.

Es curiosa esa relación porque yo mismo creo en el estar aquí y ahora, pero no en la manera muchas veces inconsciente en que estamos "presentes" en el hoy. Yo mismo me atrapo en ese modo y me asusto cuando veo la facilidad con que puedo caer en ser una máquinita de aquellas que existían hace tiempo: los télex, que existían para transmitir la noticia del momento, la de última hora y en escasísimas palabras, al estilo del telégrafo.

Siendo quien soy, me niego y me rebelo contra la corriente que a veces me arrastra. En un mundo donde todo se vive para mañana, insisto en volver a donde he estado, donde he crecido, donde me he nutrido. Quizá no podría asimilar y valorar todo mi hoy sin ver esos apuntes del viaje, ver mis dudas y dolores de entonces y ver mi hermoso presente.

Hoy, que veía mis (relativamente) viejas fotos en el facebook, encontraba este texto, que puse como pie de foto en una de ellas:
No olvidemos el Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo. 
(El Libro de los Seres Imaginarios - Fauna de los Estados Unidos - Jorge Luis Borges)

Dejo esto como constancia de este momento. Escribir acá es una de mis maneras de seguir ese otro consejo de Kerouac, que algunos traducen como que debemos ser poseídos por una ingenua santidad del espíritu. Aunque él escribió: "Be crazy dumbsaint of the mind".

Hacer apuntes de viaje es cosa de locos. Es grandioso estar loco.

Víctor


27 de noviembre de 2015

Apuntes de viaje

A veces no se entiende porque el sueño abandona.  Se pregunta adonde se fueron las ganas de dormir,  digamos,  de las nueve de la noche,  cuando aún es temprano,  cuando es hora en que vuelve a  casa del trabajo porque se es demasiado responsable.

Uno busca un documento porque se ha convertido en un adulto que busca documentos para conseguir otros documentos.  Se encuentra el documento y encuentra el viejo cuaderno. El amigo cuaderno de cinco o diez años atrás, que es parte de otro grupo de cuadernos de otros años atrás. Hojea uno las páginas,  siente las letras marcadas, ve los manchones, las tachaduras dolorosas de cuando se ha dicho toda la verdad o se intenta borrar la propia voz, voz que ahora resuena distinto (siempre nos escuchamos distinto a como creemos que sonamos) y nomás se recuerda,  se vuelve a lugares y personas,  al uno mismo al que dan ganas de abrazar y decirle que más adelante cambia,  y que luego vienen otros dolores y otras angustias y que nomás aceptás lo que viene saliendo; nunca vas a terminar de entender,  de todos modos. 

Algo se suelta.

Y entonces uno vuelve a hablar en el cuaderno,  porque ahí la mano,  que lleva anudadas las palabras,  se suelta y rápido, casi atravesando la hoja, se desanudan veinte líneas,  cien líneas.

Escribir me es un mecanismo,  un acto de vida, haciendo en cada letra un ejercicio (muchas veces fallido)  de muerte. Uno escribe porque necesita,  porque quiere explicarse a sí mismo,  porque sueña con la comprensión que uno y solo uno encuentra en el trazo de esas veinte,  treinta o cinco líneas.  Uno no escribe por cálculo,  uno escribe por soltar,  por acabar , por poner lejos de la cabeza esas líneas que te atraviesan, te suenan,  te aprietan dentro. Uno necesita sentir que le habla a alguien más,  metido en ese inmenso auditorio silente que de todos modos no va entender del modo en que vos entendés esas veinte o mil  líneas que casi atraviesan la página.

Ciertamente,  había que volver a aquel y a este cuaderno.

26 de octubre de 2015

[Este es un break en horas laborales extendidas]

Veo el tema del día, lo de la OMS y las carnes (google punto com -> buscar oms carnes cancer -> voy a tener suerte -> enter). 

No puedo evitar pensar en un chiste de Polo Polo, en el que un hombre va cayendo de una avioneta sin poder abrir su paracaídas y que, mientras contempla la inevitabilidad de la llegada al suelo va pensandó hacerle para morirse menos.

La vida va reduciéndose a eso. Cómo hacemos para morirnos menos.

(Fin del break)

8 de agosto de 2015

Cerros, voces, silencios.

Unos días retuiteaba a un periodista que decía:
"Cada día, en las redes sociales, desperdiciamos espléndidas oportunidades de quedarnos callados"
Cuánta razón.

Tanta sinrazón y tanta prisa hacen que esta pausa de agosto cayera a mi como el agua que tanta falta hace a nuestra tierra. Se me acortan esos días y se viene otra tanda de semanas en las que no habrá pausa.

Pero esta semana, un aventurado chance de pasar unos días en Arambala, y pasar cerca de algunas comunidades que visité años atrás, algo que cambió mi vida en muchos sentidos. Mientras pasé esos días allá, disfrutando ese silencio delicioso entre los árboles no reparé que tras de mis anécdotas sobre lo que caminé en esos días, la gente que conocí, algo se movía dentro. En el silencio, reparé cuánto cambió mi vida en trece años. Caí en cuenta de cómo fui encontrando parte de mi voz en aquellas laderas y entre aquella gente.

Por esos cerros anduve recogiendo esperanza.
Pienso en el desafío que tengo ahora, en las nuevas responsabilidades. Nunca hubiera imaginado que aquella aventura medio romántica que emprendí habría de parar en lo que hago ahora. Pero no podría imaginarme haciendo lo que hago ahora sin esas experiencias que aún ahora, me alimentan cuando el mundo insiste en sangrar y sacar del horizonte a la esperanza.

De aquel entonces a hoy, gente ha ido entrando a mi vida y de otra nomás queda la huella. Con la mayoría queda el anhelo de no perder del todo el contacto, de no olvidarnos mutuamente. Entonces, como ahora, sigo queriendo dejar una huella, una buen huella en la vida de los demás. Que mi paso por el mundo sea algo que valga la pena recordar.

Mi intención es recta y mis pasos han sido torpes. Ojalá la huella que dejé alguna vez en sus vidas valga lo suficiente la pena. La huella que me ha quedado de muchos de ellos y ellas es bastante indeleble en mi. Bastante como para sentir pena horrible de cómo pierdo contacto, de cómo mi cansancio se va volviendo tanto en estos días que me basto apenas para la familia, la de siempre y la que he de ir construyendo con ella. No intento excusarme. Soy un pésimo amigo, al menos en términos de seguimiento, de frecuencia. Y eso me hace olvidable.

(Necesitaba decir eso)

Gocé esa vista y ese silencio allá en ese cerro de Morazán, gocé los recuerdos. Me acordé que allá, en esos caminos que llevaban al cerro, había encontrado parte de mi voz. Hoy que casi he vuelto a mis responsabilidades - tengo una reunión a las 2 de la tarde, no debo olvidar llamar al mecánico para ver qué pasó con el carro y completar mi parte de lo que me toca presentar el lunes - toca no olvidar hacer silencio, para luego alzar fuerte la voz, para seguir repartiendo esperanza, para seguir construyendo huellas.

Algo bueno hay que hacer para ser digno de memoria, para ganarse la dulce nostalgia. Aunque sea de forma torpe.